El pesimismo cristiano

Por Christopher Fleming

Me considero un pesimista. La gente que me conoce también piensa que soy un poco catastrofista. Quizás la razón sea que estoy informado de lo que está ocurriendo en el mundo. Si es cierto lo que dicen, que el ignorante es feliz, su corolario también debe de serlo: el que sabe mucho es infeliz. Cuando digo que estoy informado, a lo que me refiero no es principalmente lo que nos cuentan en los telediarios: guerras, hambrunas, crímenes, desastres naturales, etcétera, aunque todo eso sí produce tristeza. Lo que me produce mayor tristeza es LO QUE NO CUENTAN. En ningún telediario hablan de la apostasía de Occidente, de la paulatina normalización de pecados como la blasfemia, el adulterio y la sodomía. Nadie cuenta que en la inmensa mayoría de familias ya no hay orden ni armonía, que los hijos desobedecen y faltan al respeto a los padres y que los padres hacen dejación de sus obligaciones más elementales de educar a sus hijos. No nos dicen que tres generaciones de católicos han desertado la Iglesia en pro de la religión post-moderna: la egolatría.

¿Cómo se puede ser optimista con un panorama así? Con la catastrófica pérdida de fe y valores cristianos, cualquier prosperidad material es irrelevante. Ninguna civilización puede perdurar con una negación tan explícita de sus propias raíces como lo que vemos hoy en día en Occidente. La Unión Europea y los bancos internacionales podrán mantener el chiringuito durante un tiempo, pero si un pueblo ha perdido su voluntad de sobrevivir, dará igual; será como hacer el boca a boca con un cadáver. Los políticos, al menos en España, hablan constantemente de economía y cuestiones administrativas, que tendrán su interés. Pero nadie habla de la crisis de fondo, que es de fe. La casta política son liberales, por lo que creen que la religión no tiene consecuencias sociales. Según ellos, es un tema meramente personal, y su ideología les ciega a lo que está pasando. Piensan que pueden arreglar España con más leyes, con una reorganización del sistema de impuestos y, como mucho, una reforma de la Constitución. Los únicos que saben que la religión realmente es importante e influye en el comportamiento de las personas, son los marxistas. Ellos sí aprecian el valor que la religión católica ha tenido en España, y es por ello que hacen todo lo que está a su alcance para destruirla.

En el resto del mundo el horno tampoco está para bollos. Algunos acontecimientos puntuales nos pueden dar una pequeña alegría, como por ejemplo el Brexit del Reino Unido o la victoria electoral de Donald Trump en EEUU, pero no creo que logren revertir el proceso global hacía un Nuevo Orden Mundial tiránico. El genocidio silencioso del aborto prosigue sin apenas oposición, la invasión islámica de Europa sigue el curso previsto, las guerras sionistas continuarán con Trump en la Casa Blanca, y las mafias financieras internacionales gobiernan el mundo. Sólo una intervención milagrosa de Dios podría darle la vuelta a esta situación. La vida real no es como Star Wars, en que los buenos, por pocos que sean, siempre derrotan a los malos. En el mundo real el Imperio gana casi cada vez que alguien osa enfrentarse a él, aplastando a los rebeldes como si fueran hormigas. No digo que no deberíamos rebelarnos contra la tiranía que nos están imponiendo; sólo digo que no nos hagamos ilusiones infantiles sobre cual será nuestra suerte si decidimos luchar por Nuestro Señor. Cuando los vendeanos contrarrevolucionarios se alzaron en armas contra el gobierno masónico de París, fue con el auténtico espíritu católico. Sabían de antemano que una milicia de granjeros contra un ejército profesional tiene todas las de perder. Lo importante es que se alzaron porque vieron que era una lucha por los derechos de Dios, una guerra santa. Eligieron el camino de la Cruz y murieron como mártires. Lo mismo se puede decir de los cristeros de México. Nuestro Señor nos nos pide que seamos victoriosos. Nos pide que seamos fieles.

Si los problemas en  el mundo me preocupan, me preocupan incluso más los problemas en la Iglesia. Recientemente, tras 50 años de avances imparables del modernismo, parece que ha habido una reacción en la jerarquía. Los cuatro cardenales que han  hecho pública la carta al Papa, pidiendo una aclaración de su Exhortación Apostólica, Amoris Laetitia, han roto el silencio atronador que duraba desde el Concilio Vaticano II. Prácticamente ningún hombre de responsabilidad en la Iglesia, exceptuando a Monseñor Lefebvre y sus obispos, había protestado contra lo que los enemigos de la Tradición han hecho en estos largos años. ¡Ya era hora! Han hecho bien, aunque sea por salvar su honor, y dar una pequeña satisfacción a los pocos católicos recalcitrantes de las cavernas, a los que aún nos importan algo los dogmas de fe. Sin embargo, siendo pesimista, me temo que llega tarde. La hora de revertir el cáncer en el seno de la Iglesia pasó hace tiempo. La enfermedad ha entrada ya en metástasis y ningún esfuerzo humano la puede salvar. La agonía puede durar bastante, pero a partir de ahora creo que tendremos que limitarnos a tratamientos paliativos.

¿Qué pasará con los cuatro cardenales que desafían el régimen de Bergoglio? No soy adivino, pero puedo vaticinar que, a efectos prácticos, no pasará gran cosa. Con casi total seguridad el Papa no va a responder formalmente a la carta, porque no está en su interés hacerlo. Juega con una ambigüedad calculada, y la misma idea de clarificar su postura es odiosa para él. Como buen modernista, le gusta nadar entre dos aguas; utiliza un lenguaje que parece católico, pero vacía de sentido las palabras que otros entienden de una forma ortodoxa, para así abrir la puerta a la herejía. Exigir a un modernista que clarifique su postura, que defina sus términos, es lo mismo que pedir que se haga el harakiri. No puede decantarse por el lado de la ortodoxia, porque en ese caso tendría que renunciar definitivamente a su proyecto de “misericordiar” la Iglesia, con un relativismo moral total; tampoco puede decantarse por el lado de los heterodoxos, porque equivaldría a una auto-declaración de herejía. Si el Papa no responde a los cardenales, éstos seguramente publicarán una carta de “corrección de un error grave”, como advirtió el Cardenal Burke. En el mejor de los casos, dicha carta saldrá en los noticiarios, pero a la gran mayoría de obispos y al mundo católico en general le importará muy poco. con la excepción de una docena de obispos (como máximo) y un puñado de fieles, que le harán compañía a la Hermandad San Pío X, en tierra de nadie. El Papa se mofará de ellos, al son de estruendosos aplausos, y todo seguirá como hasta ahora. Cuando el actual Papa muera, hay dos posibilidades: la primera es elegir a otro igual o peor; la segunda es optar por un Papa tipo Benedicto XVI, es decir, a uno que consolidará los avances de Francisco y contentará a los conservadores, antes de avanzar con la destrucción de la fe.

Ante tal pesimismo cabe preguntarse: ¿qué pasa con la promesa de Nuestro Señor de proteger la Iglesia contra las puertas del infierno? Es innegable que Jesucristo prometió que la Iglesia duraría hasta el fin del mundo, pero lo que no dijo es que llegaría en condiciones óptimas. Más bien dijo todo lo contrario: “¿Cuando llegue el Hijo del Hombre, encontrará fe en la Tierra?” San Pablo habla más claramente de una gran apostasía que debe preceder a la Segunda Venida, y San Pedro también predice que en los últimos tiempos habrá gente extremadamente descreída y hedonista:

Sepan, en primer lugar, que en los últimos días se presentarán burlones que no harán caso más que de sus propios apetitos (2 Pedro 3:3)

Estas profecías de la Palabra de Dios nos enseñan que debemos esperar lo peor, antes de la vuelta de Nuestro Señor. Siento decirlo, pero creo sinceramente que la situación, tanto en el mundo como en la Iglesia, sólo va a empeorar. Y es muy posible que no haya recuperación real hasta que todo acabe.

La verdad es que siento tener que escribir estas cosas. Quizás alguno esperaba que le daría esperanza de que todo podía “volver a ser como antes”, cuando la Iglesia gozaba de gran influencia social y política, cuando naciones enteras confesaban la fe católica. Siento tener que decepcionar a mis lectores: no va a ser así. Que no piense el lector que por ser pesimista soy infeliz, en el sentido de que me paso el día llorando y lamentándome por la situación de la Humanidad. Sí me duele ver que la gran mayoría de la gente va por muy mal camino. El camino hacía la salvación no es fácil. Hay que luchar y perseverar hasta el final, y bastante tengo con lograr la mía. Si los que tengo a mi alrededor estuvieran al menos encaminados hacía la santidad, me daría ánimo y el viaje se haría más llevadero. Como muestra de esto, hace un par de semanas estuve en Inglaterra para el funeral de mi abuela, que murió con 91 años. A pesar de que, según Francisco, el proselitismo es una solemne bobada, desde hace años intentaba comunicarle la necesidad de pensar en su alma. La última vez que la vi con vida, el verano pasado, le insté a meditar sobre la vida después de la muerte. Su respuesta me dejó helado: “no me interesa nada de eso.” A los tres meses falleció.

El triste final de mi abuela me hace pensar sobre los tiempos que estamos viviendo. Recientemente un amigo muy sabio me dijo que posiblemente la “Gran Persecución”, que está profetizada para los últimos días, podría estar ya ocurriendo en Occidente. Cuando oímos hablar de la persecución contra los cristianos solemos pensar en torturas y derramamiento de sangre, como lo que están sufriendo ahora los cristianos en Siria y otros muchos lugares del mundo, pero este amigo opina que la persecución también podría ser de naturaleza espiritual. En Occidente en los últimos tiempos, en lugar de cortar la cabeza a los creyentes, el enemigo ha optado por otra táctica: ha creado un clima cultural tan adverso que los cristianos poco a poco, como si se tratara de un virus contagioso, van perdiendo la fe. Lo que busca el Demonio a final de cuentas es arrastrar al máximo número de almas al Infierno, y este método ha resultado ser más efectivo para tal fin que todas las persecuciones sangrientas del pasado y el presente. Con muertes violentas el Demonio consigue poco realmente: un mártir da su vida por Dios y entra directo a la Gloria. Sin embargo, con la apostasía que ha ocurrido en nuestro tiempo, ha logrado que una multitud incontable de almas se separe eternamente de Dios. ESTO PUEDE SER LA GRAN PERSECUCIÓN. Defendamos nuestra alma del peligro mortal de las herejías y el hedonismo que hoy en día se consideran normales en nuestra sociedad y nunca dejemos que nos seduzcan las mentiras del enemigo. El que se mantiene fiel hasta el final se salvará.

Soy pesimista, pero también soy optimista. No puedo dejar de ser optimista, porque el católico cree firmemente que la victoria final será de nuestro Dios. Jesucristo volverá en gloria para juzgar a vivos y muertos. Todos recibirán su merecido: cada injusticia recibirá su castigo y cada buena obra su premio. Este artículo de fe debe ser la gran esperanza del católico. Entiendo que es muy tentador buscar falsas esperanzas mundanas; creer que Putin nos salvará del Islam, que vendrá el Gran Monarca y pondrá fin al reino del NOM, y que algún día todas las naciones confesarán que Jesucristo es Dios. Aunque todos hemos conocido profecías de videntes que nos aseguran una época de oro para la Iglesia, prefiero ceñirme a la revelación pública, donde no figura nada por el estilo. Entiendo que eso es tentador distraerse con estas profecías, porque yo también me siento tentado a creer en estas cosas. Sin embargo, si queremos tener una fe madura, debemos prescindir de esperanzas humanas, cargar con nuestra Cruz y esperar en Dios, SOLAMENTE EN DIOS. Desechemos otros consuelos, no diluyamos el Evangelio. La Buena Nueva es que el Hijo de Dios ha muerto por nuestros pecados y que nos ofrece la vida eterna, si somos fieles a Él. El Evangelio NO ES que la vida será fácil, que todo nos irá fenomenal, que venceremos en todas las batallas. Esto no es agradable de oír, ya lo sé, pero es justamente esto lo que nos dijo Nuestro Señor.

Visto en Desde mi campanario

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