La necesidad de ser pesimistas en nuestro tiempo

Yo lo que reivindico es la necesidad de ser pesimistas en nuestro tiempo. A veces desde la propia Iglesia, desde sus jerarquías –siempre propensas a la componenda–, se dice: «No tenemos que ser profetas de calamidades». ¿Pero cómo qué no? ¿Qué fue Jesucristo? ¡Un profeta de calamidades! Estaba todo el día lanzando advertencias sobre los males que nos aguardaban. Tenemos que tomar el látigo y fustigar a nuestra época. Hay una especie de connivencia para expulsar a quien se percibe como profeta de calamidades, y también esto tiene mucho que ver con la infiltración ideológica que sufrimos los católicos, y es que se tiende a confundir el optimismo –que es un estado de ánimo ilusorio generado por la ideología– con la esperanza, una virtud teologal. Y el pesimismo, condenado por el sistema, se confunde con la desesperación, que naturalmente es un tenebroso abandono de las virtudes cristianas. Pero yo creo que los pesimistas somos los auténticos portadores de la esperanza. Porque solamente a través de un juicio implacable de las realidades naturales es posible crear un hueco en donde las realidades sobrenaturales tengan cabida e inyecten esperanza en las realidades naturales. Hoy un juicio optimista de la realidad, aparte de ser una absoluta deshonestidad intelectual, genera un blindaje contra las realidades sobrenaturales.

Juan Manuel de Prada

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El pesimismo cristiano

Por Christopher Fleming

Me considero un pesimista. La gente que me conoce también piensa que soy un poco catastrofista. Quizás la razón sea que estoy informado de lo que está ocurriendo en el mundo. Si es cierto lo que dicen, que el ignorante es feliz, su corolario también debe de serlo: el que sabe mucho es infeliz. Cuando digo que estoy informado, a lo que me refiero no es principalmente lo que nos cuentan en los telediarios: guerras, hambrunas, crímenes, desastres naturales, etcétera, aunque todo eso sí produce tristeza. Lo que me produce mayor tristeza es LO QUE NO CUENTAN. En ningún telediario hablan de la apostasía de Occidente, de la paulatina normalización de pecados como la blasfemia, el adulterio y la sodomía. Nadie cuenta que en la inmensa mayoría de familias ya no hay orden ni armonía, que los hijos desobedecen y faltan al respeto a los padres y que los padres hacen dejación de sus obligaciones más elementales de educar a sus hijos. No nos dicen que tres generaciones de católicos han desertado la Iglesia en pro de la religión post-moderna: la egolatría. Sigue leyendo